Murió Mariela Muñoz, pionera en la lucha Lgbtiq


Kathmandu (pahichan) May 8 – Emblema de las identidades autopercibidas, consiguió cambiar de sexo, criar hijos, tener un dni con nombre de mujer y hasta formar parte de una lista electoral como candidata a Diputada.

por Vero Curvale

La conocimos en los 90, cuando con su imagen fuerte y su voz ronca comenzó a instalar socialmente la posibilidad de que una persona trans formara una familia, criara hijos y eligiera su identidad. Por aquellos años, elegir algo diferente a lo “natural” era un tema tabú y tanto lo fue que en 1993 el juez de menores de Quilmes, Pedro Entío, decidió quitarle tres niñxs, dos mellizos y una niña, que ella anotó y crió como propios. En ese momento se anularon las partidas de nacimiento y se la condenó a un año de prisión en suspenso.

Mariela se había intervenido quirúrgicamente en Chile, en 1981, y luchaba por ser reconocida como la mujer que se sentía y no como el varón que había nacido, nombrado Leonardo. Su aparición en la escena pública nos interpeló acerca de, ni más ni menos, la posibilidad de elegir libremente como vestirse, como llamarse, según la autopercepción sexual. En 1997 consiguió que en el juzgado N° 8 de Quilmes, el juez Jorge Dreyer ordenara al Registro Civil la extensión del DNI con el nombre de mujer; argumentando lo irreversible de la operación y basado en peritajes psicológicos que aceptaron que ella se reconocía como mujer desde niña.

Así, siendo la primera trans en obtener el documento femenino del Estado argentino crió 17 hijxs con los que disfrutó de 30 nietxs y bisnietxs, sin haber sido nunca, ninguno, reconocido como propio por la ley.

Mariela fue una de las beneficiarias, en 2003, de los subsidios que la jueza Liberatori obligó que el gobierno porteño le pague a cinco mujeres trans como reconocimiento de años de marginación y discriminación. Las otras cuatro fueron: Marlene Jaimes, Julieta Romero, Norma Giraldi y Yanina Moreno.

Mariela murió en Quilmes, en la casa que era de su madre, a los 73 años; enferma e indigente, sin jubilación ni pensión, como resultado de la transfobia que aún padecen las personas Lgbtiq en nuestro país, que las excluye y condena de por vida por una única razón: elegir.

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